Resumen
A partir de los años 70 del novecientos, y coincidiendo con la llamada “segunda ola del feminismo” tan incardinada en la circunstancia concreta de una época, comienza a consolidarse un estilo escénico en el que mujeres performers hacen vínculo estricto con la naturaleza, entendida esta como gran metáfora de lo femenino que, a su vez, permite a las artistas una expresión escénica autoficcional. Se inicia así una experiencia artística teatral que podría considerarse algo semejante a “land art performativo”, donde el cuerpo de la artista es la escena en la que la naturaleza intervenida danza su coreografía de ausencia y devastación, de violencia estructural y fantasías de otros, para invocar un pensamiento de igualdad y respeto, de cuidado y colaboración que no forma parte del discurso social oficial porque es el relato de la ausencia. A partir de la última década del siglo XX y hasta nuestros días, las siguientes “olas” de creadoras que, de alguna manera, continúan esta línea han resignificado el señalamiento abriendo sendas positivas y transformadoras: a la denuncia necesaria se han sumado las alternativas posibles. Las creadoras suelen acompañar su propuesta de fotografía o videocreación más allá del testimonio, como parte integrante de la acción artística. Tomaremos como ejemplos parte de la obra de Ana Mendieta, Chihahu Shiota, Soledad Córdoba y Agustina Sario. Esta última es una de las autoras de este artículo.

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